Iba conduciendo con el pelo recién lavado, con su perfume, las ventanas abiertas y su voz al aire. Cantaba alto, muy alto, no le importaba nada ni nadie. Se permitía sonreír frente a quienes la miraran estáticos desde la otra pista. Estaba encantada, asombrada, radiante. Por fin dejó de ocultarse, de silenciarse, de avergonzarse. Era ella, sin pudor, sin peros, así natural, única, hermosa.
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