Aghata parecía perdida, dime si no eras ella, dime si no eras la Luna.

domingo, 5 de junio de 2011

-La sta. Emilia pregunta por usted en el teléfono.

-Dígale que no estoy, invente algo, que me estoy dando un baño o salí.

-Está bien.

Recientemente, en casa de Julieta el ambiente es denso, los segundos pasan como oleo por las paredes, el silencio es fiel desde el primer rayo de sol hasta la hora del té, donde el silbido del agua hirviendo de la tetera invade la casa.

Ella, Julieta, la segunda entre los tres hijos de Don Fernando y Doña Samant

a, ojos grises, cautivadores y envolventes, abusaba de una mirada dulce que llega a penetrar el corazón más duro, cabello negro azabache, piel blanca como las sabanas que la cubrían e incomparable, como luna llena al caer la noche, emanaba energía positiva y deslumbrante a quien se le acercara, 17 años tenía la chiquilla.

-Su padre pregunta si le espera o comienza a servirse.

-No tengo hambre, si me zumba la tripa aceptaré la cena.

-La esperaré mi niña, estaré en la cocina si se le ofrece algo.

Al cerrase la puerta se deja caer sobre su cama, los brazos por sobre su cabeza y con los labios entre abiertos tarareaba una canción, no recordaba donde o cuando la escuchó, pero le vistió la mirada en lágrimas.

Emilia, hija del jardinero y mano derecha de su padre, se habían conocido el verano pasado, desde entonces, inseparables.

Quien sabe porque Julieta no quiso echar una parrafada con Emilia.

Al día siguiente llega una carta, no lleva remitente pero se sabe que es para Julieta.

La abre sin mucho afán, luego de leer el primer párrafo, se da cuenta que es de Vicente.

Un primo irlandés que no ve hace años, unos siete, para ser exacta. Viene de visita, sin otro motivo que verla.

... quería que fuese sorpresa, no tenía planeado que lo supieras hasta que me vieras, pero las ansias ganaron y no puedo esperar a verte. Ya estás siete años más grande, como debes estar de cambiada, de mí, no hay mucho que alardear...


Julieta sube la mirada y suelta un suspiro, aún recuerda los juegos y caminatas interminables.

Amaneceres en la laguna y noches enteras sin dormir, creando historias entre los dos.

Saca un baúl pequeño, color marrón oscuro, no sabe como lo guardó sin echarle llave.

Lo abre sin mucha dificultad y saca de él un libro, de este caen unos pétalos de rosa ya secos, recordó que su madre se los daba y le decía que los pusiera entre las hojas de un libro y que luego de un tiempo se verían preciosos, y tenía razón.

Al asomarse la noche, entre ventanas, decide echarse a dormir, recordó que aún no ha comido y le pareció extraño no tener hambre.

Va a la cocina y aprovecha recorrer la casa a oscuras, descalza y semi desnuda, el frío del ambiente le entra por los pies y sale por la punta de cada pelo.

Al doblar en la esquina donde se encuentra el baño de visitas se topa con su madre quien trae un vaso con agua. No le sorprende y sigue su camino sin cruzar palabra.

Permanece atenta a cada ruido que pueda ocasionar.

De regreso a su cuarto aún pisaba en puntillas y al abrir la puerta se desmoronó, el aire le faltaba y sus pupilas se vistieron en seda, la mirada le brillaba pero sus manos temblaban. No sabía que ocurría, no sabía porque no podía hablar, tampoco como es que todo se nubló de pronto, no sabía porque su cuerpo se encontraba en su cama.

No hay comentarios:

Publicar un comentario